Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Bueno, por esta noche no hablemos más de cosas lúgubres. Creo que me iré a la cama enseguida, estoy cansadísima. Si quisieras quedarte a mi lado mientras me duermo, querida. Háblame: tu voz me ayudará a conciliar el sueño.

Molly cogió un libro y le leyó a su madrastra hasta que se durmió: prefirió eso a la tarea más ardua de buscar algo que contarle.

Luego bajó y se dirigió al comedor, donde el fuego se había apagado; las sirvientas lo habían descuidado aposta como muestra de cuánto les desagradaba que su nueva señora cenara en su dormitorio. Molly consiguió reavivarlo, sin embargo, antes de que volviera su padre a casa, y volvió a poner en la mesa un poco de comida para él. Luego se arrodilló sobre la alfombra que había junto al hogar, y contempló el luego en un ensueño, con la suficiente tristeza para derramar unas cuantas lágrimas. Pero de pronto se puso en pie de un salto y recuperó la alegría al oír los pasos de su padre.

—¿Cómo está el señor Graven Smith? —le preguntó.

—Muerto. Apenas me reconoció. Fue uno de mis primeros pacientes cuando llegué a Hollingford.


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