Hijas y esposas

Hijas y esposas

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¿Le parecería bien a Roger? Esa era la cuestión que surgía en la cabeza de Molly. Ella siempre se había referido a la nueva esposa de su padre llamándola señora Gibson, y en una ocasión manifestó con rotundidad ante las hermanas Browning que nunca la llamaría «mamá». Y el breve diálogo que habían tenido aquella noche no había contribuido a que la apreciara más. Guardó silencio, aunque sabía que su padre esperaba una respuesta. Al final él renunció a seguir esperando y cambió de tema. Le habló del viaje de bodas, le preguntó por los Hamley, las Browning, lady Harriet y la tarde que pasaron juntas en la casa solariega. Pero había severidad y dureza en su manera de hablar, mientras que Molly se sentía triste y tenía la cabeza en otra parte. De pronto, dijo:

—Está bien, papá. ¡La llamaré «mamá»!

Él le cogió la mano y la apretó con fuerza. Por unos instantes guardó silencio. Por fin dijo:

—No lo lamentarás, Molly, cuando te encuentres en la circunstancia en que se encontraba esta noche el pobre señor Graven Smith.

Al principio, a medida que pasaban los días, los murmullos y quejas de las dos criadas de más edad alcanzaron sólo a los oídos de Molly; con el tiempo llegaron a los de su padre, quien, para consternación de su hija, las puso a capítulo.


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