Hijas y esposas
Hijas y esposas —Asà que no os gusta que la señora Gibson toque la campanilla tan a menudo, ¿no es eso? Me temo que estáis muy mal acostumbradas. Ahora, si no podéis satisfacer los deseos de mi esposa, ya sabéis cuál es el remedio.
¿Qué criada ha resistido la tentación de despedirse tras unas palabras como éstas? Betty le dijo a Molly que se marchaba, con toda la indiferencia que pudo aparentar ante la muchacha, a la que habÃa atendido y cuidado en los últimos dieciséis años. Hasta ese momento, Molly habÃa considerado a su antigua niñera como parte de la casa; pensaba que era su padre quien se proponÃa cortar la relación entre ambas; y ahà tenÃa a Betty ahora, hablando con la mayor frialdad de si la próxima casa en que iba a servir estarÃa en la ciudad o en el campo. Pero gran parte de esa frialdad era aparente. Al cabo de dos semanas, Betty lloraba profusamente ante la idea de abandonar a aquella niña que habÃa cuidado desde recién nacida, y de buena gana se habrÃa quedado y respondido a todas las campanillas de la casa cada cuarto de hora. Incluso el corazón masculino del señor Gibson se vio afectado por la aflicción de la vieja sirvienta, que resultaba evidente, cada vez que se la cruzaba, en su voz rota y sus ojos hinchados.
Un dÃa, el señor Gibson le dijo a Molly:
—Me gustarÃa que le preguntaras a tu madre si Betty puede quedarse. Si se disculpa, y todas esas cosas.