Hijas y esposas
Hijas y esposas —No creo que eso sirva de nada —dijo Molly con voz quejumbrosa—. Sé que va a escribir, o ha escrito, a las Towers pidiendo que le recomienden una nueva criada.
—En fin. Lo único que deseo es paz y alegrÃa cuando llego a casa. Ya veo bastantes lágrimas en la casa de los demás. Al fin y al cabo. Betty lleva dieciséis años con nosotros, toda la vida, como suele decirse. Quizá sea más feliz en otra parte. Bueno, si quieres interceder ante tu madre por Betty, lo dejo en tus manos. Si ella accede, yo estoy dispuesto a que se quede.
Asà que Molly fue a pedir clemencia a la señora Gibson. Su instinto le decÃa que serÃa en vano, y hay que decir que jamás se negó un favor en tonos más amables.
—Mi querida niña, jamás se me habrÃa ocurrido despedir a una vieja sirvienta, alguien que se ha hecho cargo de ti desde que naciste. No habrÃa tenido valor para hacerlo. Por lo que a mà se refiere, podrÃa haberse quedado aquà toda la vida, siempre y cuando hubiese atendido todos mis deseos, y eso me parece razonable, ¿no crees? Pero ya ves, fue ella quien se quejó, y cuando tu papá habló con ella, la propia Betty se despidió. Y va contra mis principios aceptar disculpas de una criada que se ha despedido.