Hijas y esposas
Hijas y esposas —En absoluto —dijo enseguida el señor Gibson—. Los dos son demasiado jóvenes para saber lo que quieren, y si mi hija fuera lo bastante estúpida para estar enamorada, en los cálculos de su felicidad no entrarÃa la eventualidad de la muerte de un anciano. Y creo que, si se casara, su tÃo le desheredarÃa. PodrÃa hacerlo, y entonces usted estarÃa en peor posición que antes. ¡No, váyase y olvide todas estas tonterÃas, y cuando lo haya hecho venga a visitarnos!
Y asà fue como el señor Coxe se marchó, con un juramento de inalterable fidelidad en su corazón, y cómo el señor Gibson, a regañadientes, tuvo que cumplir una antigua promesa hecha a un granjero de la vecindad un par de años antes, y aceptar al hijo segundo del señor Brown en el lugar del joven Coxe. Iba a ser el último de esa estirpe de aprendices, y como era un año más joven que Molly, el señor Gibson confiaba en que no se repitiera la aventura de Coxe.