Hijas y esposas
Hijas y esposas Ya antes de la boda, el señor Gibson había tomado la decisión de no discutir con su mujer de fruslerías, y ponerse firme en las cuestiones importantes. Pero cada día surgía una u otra fruslería de que discutir, y resultaban quizá más enojosas que asuntos de más consecuencia. Molly conocía tan bien como el alfabeto las expresiones de su padre; su nueva mujer, no, y al ser ésta poco perceptiva, excepto cuando sus propios intereses dependían del humor de la otra persona, no llegó a darse cuenta de cuánto le molestaban a su marido las pequeñas concesiones que diariamente tenía que hacer a su voluntad o a sus caprichos. El jamás se permitía expresar su disgusto, ni aun interiormente; procuraba recordar con insistencia las buenas cualidades de su mujer, y se consolaba pensando que las cosas irían mejor con el tiempo; pero se enfadó mucho con un tío abuelo soltero del señor Coxe, quien, después de no haberse interesado por su sobrino pelirrojo durante años, de pronto le mandó llamar, después de haberse recuperado parcialmente de una grave enfermedad, y le nombró heredero, a condición de que fuera a vivir con él el tiempo que le quedaba de vida. Esto ocurrió poco después de que el señor y la señora Gibson regresaran de su viaje de bodas, y, desde entonces, en un par de ocasiones se encontró el señor Gibson pensando por qué diantres el viejo Benson no podía haberse decidido antes, permitiéndose librarse también antes de la presencia del joven pretendiente. Para ser justos con el señor Coxe, en la última conversación que tuvo con el señor Gibson en calidad de aprendiz, le dijo, en tono violento y vacilante, que quizá esas nuevas circunstancias le permitirían verlo bajo una nueva luz por lo que se refería a la cuestión de…