Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Papá dijo que podía ir —dijo Molly sofocando unas lágrimas.

—Pues, como yo soy tu madre, en el futuro es a mí a quien has de pedir permiso. Pero, ya que vas a ir, al menos ve bien vestida. Te prestaré mi chal nuevo, y mis cintas verdes. Siempre soy indulgente cuando se me muestra el debido respeto. Y en una casa como Hamley Hall no se sabe quién puede aparecer, aunque haya un enfermo en la familia.

—Gracias, pero, por favor, no quiero el chal ni las cintas: sólo estará la familia. Que tampoco está nunca, creo. Y ahora la señora Hamley está muy enferma. —Molly estuvo a punto de llorar al pensar en su amiga, postrada y sola, y anhelando su llegada. Además temía, con cierta tristeza, que el señor Hamley se hubiera marchado con la impresión de que no deseaba ir, que prefería asistir a esa estúpida reunión en casa de los Cockerell. La señora Gibson también lamentaba lo ocurrido: tenía la incómoda certeza de haberse dejado llevar por el mal humor delante de un desconocido, y de un desconocido, además, al que quería causar buena impresión. Para acabar de rematarlo, estaba molesta por las lágrimas de Molly.



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