Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—¿Qué puedo hacer para devolverte la alegría? —dijo—. Primero insistes en que conoces a lady Harriet mejor que yo, que llevo tratándola dieciocho o diecinueve años. Luego aceptas impulsivamente una invitación sin consultármelo y sin pensar en lo enojoso que me resultaría aparecer sola en el salón de los Cockerell; y encima me anunciarán con mi nuevo nombre, lo que siempre me hace sentirme incómoda. Y luego, cuando te ofrezco la ropa más bonita que tengo, dices que no tiene importancia cómo vayas vestida. ¿Qué puedo hacer para complacerte, Molly? Yo, que no deseo otra cosa que haya paz en la familia, ¿tengo que verte sentada ahí, con esa cara de pena?

Molly no pudo soportarlo más. Subió a su habitación, a su nueva y elegante habitación, que ahora le era casi totalmente desconocida, y rompió a llorar con tanto sentimiento y durante tanto tiempo que sólo la aplacó el cansancio. Pensó en la señora Hamley, impaciente por tenerla a su lado, en la vieja mansión de los Hamley, cuyo silencio podía resultar de lo más agobiante para una persona enferma, en la confianza que le había mostrado el señor hidalgo al pensar que le acompañaría inmediatamente. Y todo eso le pesaba mucho más que las jeremiadas de su madrastra.



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