Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No hace falta decir siempre la verdad, Molly. Además, se te nota cuándo dices la verdad y cuándo no. Sabía exactamente lo que querías decir con «No lo sé». Jamás me he considerado sincera, de modo que no puedes engañarme.

Bien podía decir Cynthia que no se consideraba sincera. Decía, literalmente, lo primero que se le ocurría, sin preocuparse demasiado de si era cierto o no. Pero lo hacía sin maldad, y, por lo general, sin intentar obtener ningún beneficio de esas inexactitudes; y a menudo eran tan graciosas que Molly no podía evitar encontrarlas divertidas, aunque, en teoría, las condenara. Esa cualidad traviesa de Cynthia otorgaba cierto encanto a sus defectos; y sin embargo, a veces, se mostraba tan amable y comprensiva que a Molly le resultaba irresistible, aun cuando a veces hiciera las afirmaciones más peregrinas. Lo poco engreída que era agradaba en extremo al señor Gibson; y las deferencias que le mostraba la muchacha ganaron su corazón. Pero también se la vio un tanto desasosegada cuando le tocó coser el vestido de Molly, una vez remodelado el de su madre.

—Y ahora es tu turno, querida —dijo, al empezar a arreglar uno de los vestidos de Molly—. Hasta ahora he trabajado como experta. Ahora comienzo como aficionada.


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