Hijas y esposas
Hijas y esposas Cosió en la capota de Molly unas hermosas flores artificiales, que arrancó de la mejor que ella tenía, diciéndole que le sentarían bien a su tono de piel, y que a ella le bastaba con unas cintas. Y mientras trabajaba no dejaba de cantar; y lo hacía con una hermosa voz, que subía y bajaba mientras cantaba sin ninguna dificultad alegres tonadillas francesas; tan flexible era su entonación. Sin embargo, no parecía interesarle la música. Casi nunca tocaba el piano, en el que Molly practicaba a conciencia diariamente. Cynthia siempre estaba dispuesta a responder a cualquier pregunta sobre su vida anterior, aunque, después de aquella primera conversación con Molly, rara vez aludía a ella si no le preguntaban. Pero escuchaba atentamente todas las inocentes confidencias que le hacía su nueva hermana, y hasta tal punto era comprensiva que se preguntaba cómo podía soportar el señor Gibson estar casado con su madre, y cómo no se rebelaba contra ella.
A pesar de tener una compañera tan simpática y mordaz en casa, Molly añoraba a los Hamley. Si en esta familia hubiera habido alguna mujer, Molly probablemente habría recibido numerosas notitas, y se habría enterado de múltiples detalles que ahora ignoraba, o que se limitaban a los condensados resúmenes que su padre le hacía de sus visitas a Hamley Hall, que, tras la muerte de su paciente, eran escasas.