Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Sin embargo, me gustaría ser una de sus parejas en el primer baile al que asista. Por favor, cuando todos la asalten pidiéndole un baile, recuerde que fui el primero en solicitar tal honor.

—No me gusta comprometerme de antemano —dijo Molly, percibiendo, tras sus párpados entornados, que el señor Preston la miraba decidido a obtener una respuesta.

—Por mucha humildad que profesen, lo cierto es que las jóvenes son siempre muy cautas —insistió el señor Preston, mirando casualmente a la señora Gibson—. A pesar de su temor a no tener muchas parejas de baile, la señorita Gibson declina la seguridad de tener, al menos, una. Supongo que por entonces la señorita Kirkpatrick ya habrá regresado de Francia.

Pronunció esas palabras en el mismo tono de antes; pero el instinto de Molly le dijo que se esforzaba en hacerlo adrede. Levantó la mirada.

El señor Preston jugaba con el sombrero, como si poco le importara que respondieran a su pregunta. Sin embargo, escuchaba atentamente, con una media sonrisa.

La señora Gibson se sonrojó levemente y vaciló:

—Sí, por supuesto. Mi hija estará con nosotros el invierno que viene, creo. Y me imagino que iremos al baile todos juntos.


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