Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Podríamos tener una berlina. Se lo he dicho muchas veces. Y también podríamos utilizarla para ir de visita. Y ésa fue una de las razones de que no asistiera al baile benéfico de Hollingford. No soporto meterme en el roñoso coche de punto que sale del George. Debemos animar a tu padre a que compre una antes del próximo invierno, Molly; no está bien que tú y yo…

Calló de pronto y miró con disimulo al señor Preston para ver si había advertido aquel brusco silencio. Por supuesto se había dado cuenta, pero no iba a dejarlo entrever. El señor Preston se volvió hacia Molly y dijo:

—¿Ha estado en algún baile público, señorita Gibson?

—No —dijo Molly.

—Cuando le llegue el momento, le encantarán.

—No estoy segura. Me gustará si tengo muchas parejas de baile, pero no creo que conozca a mucha gente.

—Y supongo que aquí a los jóvenes les resulta muy difícil conocer chicas guapas, ¿no es cierto?

Ese tipo de conversación era justo lo que le había desagradado a Molly de él, y que se expresara de ese modo tan vulgar, que delataba su intención de hacer cumplidos personales. Molly se felicitó por la indiferencia con que siguió trabajando en su encaje de hilo, como si no le hubiera oído.


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