Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Es la primera vez que vengo a Hollingford desde su boda, señora Gibson. De lo contrario le habría presentado mis respetos mucho antes.

—Sé que está muy ocupado en Ashcombe. No esperaba su visita. ¿Está lord Cumnor en las Towers? Hace más de una semana que no tengo noticias de milady.

—No, al parecer siguen en Bath. Pero recibí una carta con instrucciones para el señor Sheepshanks. El señor Gibson no está en casa, ¿verdad?

—No, pasa mucho tiempo fuera. Casi nunca está, podría decirse. No tenía ni idea de que iba a verle tan poco. La esposa de un médico lleva una vida muy solitaria, señor Preston.

—No me parece a mí tan solitaria, cuando tiene al lado una muchacha como la señorita Gibson —dijo, inclinando la cabeza y mirando a Molly.

—Pero una mujer casada siempre se siente sola cuando su marido está lejos. El pobre señor Kirkpatrick era desdichado si yo no iba siempre con él: en sus paseos, sus visitas, siempre me quería a su lado. Pero el señor Gibson opina que no haría más que estorbarle.

—No creo que pudieras montar en la grupa de Black Bess, mamá —dijo Molly—. Y, como no fueras así, es improbable que pudieras acompañarle en sus rondas por todos esos caminos de cabra.


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