Hijas y esposas
Hijas y esposas Justo en ese momento, Molly oyó el familiar chasquido de la puerta principal. Sabía que era Cynthia, y, consciente de que, por alguna razón misteriosa, la señora Gibson deseaba ocultar el paradero de su hija al señor Preston, y con el malicioso deseo de frustrar sus afanes, se levantó para salir del cuarto y retener a Cynthia en la escalera; pero uno de los carretes de hilo se le había enredado en el vestido y el pie, y antes de poder librarse de ese obstáculo, Cynthia había abierto la puerta del salón, encontrándose con su madre, Molly y el señor Preston; y allí estaba, de pie en la puerta, sin dar un paso. El color de su tez, vivo en el momento de entrar, palideció; pero sus ojos —sus hermosos ojos—, generalmente amables y serios, parecieron llenarse de fuego; se le contrajeron las cejas cuando tomó la decisión de dar un paso y ocupar un lugar entre los tres, que la miraban con emociones distintas. Cynthia avanzó lenta y serena; el señor Preston se adelantó para recibirla, y le tendió la mano con una expresión en la cara de viva satisfacción.
Pero Cynthia hizo caso omiso de aquella mano tendida, y de la silla que él le ofrecía. Se sentó en un pequeño sofá que había al lado de una de las ventanas, y llamó a Molly para que se sentara a su lado.