Hijas y esposas
Hijas y esposas —Mira lo que he comprado —le dijo—. Esta cinta verde iba a catorce peniques el metro, y esta seda a tres chelines —y asà prosiguió, obligándose a hablar de sus compras como si fueran lo más importante del mundo, sin prestar la menor atención ni a su madre ni al visitante.
El señor Preston siguió el ejemplo de Cynthia. Se puso a hablar de las noticias del dÃa, de chismes locales; pero Molly, que de vez en cuando le observaba, casi se alarmó por su expresión de cólera reprimida, casi de rencor, que echaba a perder por completo su apostura. No querÃa mirarle, e intentaba hacer causa común con Cynthia y tener una conversación aparte. Sin embargo, no podÃa dejar de fijarse en los esfuerzos de la señora Gibson por ser cada vez más cortés, como para compensar la groserÃa de Cynthia, y, caso de que fuera posible, aplacar la cólera de aquel hombre. Y eso que antes del retorno de su hija se habÃa permitido frecuentes hiatos en la conversación, como si quisiera darle la oportunidad de despedirse.
En el curso de la charla, salieron a relucir los Hamley. La señora Gibson siempre estaba dispuesta a comentar la Ãntima relación que tenÃa Molly con esa familia, y cuando ésta oyó que hablaba de ella, su madrastra estaba diciendo: