Hijas y esposas
Hijas y esposas Robinson se alejó, ofendido de que su narración recibiera el calificativo de «sandez». Y, mientras regañaba a Thomas, pensaba para sus adentros: «Las cosas han cambiado mucho desde que murió la señora. No me extraña que el señor esté afectado, pues yo también lo estoy». Era una dama que siempre respetó la posición del mayordomo, y que podía comprender fácilmente las cosas que le ofenden. Jamás habría calificado sus sentimientos de «sandez», ella no; ni tampoco el señor Roger. Es un caballero encantador, quizá con una desmesurada afición a traer a casa criaturas sucias y viscosas; pero siempre tiene una palabra amable para un hombre herido en sus sentimientos. Con él el señor estaría más animado, menos enfadado y contumaz. Ojalá el señor Roger estuviera aquí».
El pobre hidalgo, a solas con su tristeza y su mal humor en el sórdido y triste despacho en el que se refugiaba cuando estaba en casa, se había puesto a rumiar sus problemas hasta acabar tan perplejo como una ardilla que da vueltas en una jaula. Había sacado los libros de contabilidad, y estaba calculando las rentas atrasadas; y cada vez la suma le daba un resultado distinto. Un poco más y se echa a llorar sobre sus cuentas como un niño. Cuando por fin cerró el libro de un golpe se sentía agotado, harto, colérico y decepcionado.