Hijas y esposas
Hijas y esposas Roger no tardó en averiguarlo. Su padre había adquirido el hábito de comer en silencio, un hábito que Osborne, sumido también en la preocupación y la angustia, procuraba no alterar. Padre e hijo se sentaban juntos, e intercambiaban las palabras necesarias con cortesía, pero los dos respiraban aliviados cuando el diálogo acababa y se separaban: el padre se iba a meditar sobre su pesar y decepción, que eran reales y profundos, y sobre cómo le había ofendido su hijo, algo que su pensamiento exageraba al ignorar los pasos que Osborne estaba dando para conseguir algo de dinero. Si los prestamistas habían calculado cuánto podía tardar en morir su padre para poder hacer negocio, en lo único en que había pensado Osborne había sido en reunir el dinero necesario para liquidar las deudas de Cambridge y seguir a Aimée hasta Alsacia, su tierra natal, para poder casarse. Roger no conocía a la mujer de su hermano; de hecho, Osborne no le contó nada hasta que no estuvo todo decidido y de nada servía su consejo. Y en aquella obligada separación, todos los pensamientos de Osborne, las facetas poéticas y prácticas de su espíritu, se centraban en su esposa, que ahora residía sola en unas habitaciones alquiladas en una granja, preguntándose cuándo su marido volvería junto a ella. Con esa obsesión en la cabeza, quizá no es de extrañar que inconscientemente desatendiera a su padre, aunque no por ello la situación era menos triste, por no hablar de que podía acarrear unas consecuencias que a lo mejor acabaría lamentando.