Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Aquellas palabras agradaron al señor Hamley, aunque no deseara demostrarlo. Lo único que dijo fue: «Osborne me la trajo de Alemania. Hace tres años de eso». Y durante un buen rato fumaron en silencio. Pero la compañía de su hijo resultó un gran alivio para él, aunque no pronunciaran palabra. Cuando por fin dijo algo, lo que le rondaba por la cabeza; de hecho, hablar siempre era en él un medio transparente a través del cual se veían sus pensamientos.

—En la vida de un hombre pueden pasar muchas cosas en tres años… es algo que ahora sé. —Y dio unas bocanadas a la pipa. Mientras Roger pensaba cómo responder a esa perogrullada, dejó de fumar y prosiguió—: Recuerdo que, cuando se armó todo ese alboroto porque iban a nombrar regente al príncipe de Gales, leí en alguna parte, creo que fue en un periódico, que a lo largo de la historia las relaciones entre los reyes y sus herederos siempre habían sido muy tempestuosas. En aquella época Osborne no era más que un chaval que salía conmigo montado en White Surrey. ¿Te acuerdas del pony que se llamaba White Surrey?

—Lo recuerdo. Entonces me parecía un caballo muy grande.



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