Hijas y esposas
Hijas y esposas —Acabas de llegar a casa, muchacho. No conoces mi estado de ánimo actual. Pregúntale a Robinson… no te diré que le preguntes a Osborne, él deberÃa callárselo… Pero cualquier criado te dirá que ya no soy el mismo por lo mucho que me enfurezco con ellos. Antes me consideraban un buen amo, pero ya no. Osborne fue una vez un chaval, y entonces ella vivÃa, y yo era un buen amo… Un buen amo, sÃ. Pero todo eso os agua pasada.
Cogió la pipa y comenzó a fumar, y Roger, tras unos minutos de silencio, empezó a contarle una larga historia sobre las desventuras que le habÃan ocurrido a un tipo de Cambridge mientras estaba de cacerÃa, con tanta gracia que el señor hidalgo se rio a carcajadas. Cuando se levantaron para irse a la cama, le dijo:
—Bueno, hemos pasado una velada muy agradable… Al menos, yo. Pero tú a lo mejor te has aburrido, ahora soy una triste compañÃa, lo sé.
—No recuerdo haber pasado una velada más dichosa, padre —dijo Roger. Y lo decÃa de corazón, aunque no se molestó en discernir cuál era la causa de esa felicidad.