Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—¡Tanto da! —replicó su padre, para consolarle—. A mí no me importa. Si fueras tan inteligente como Osborne, sólo te interesarían los libros, y escribir, y quizá te parecería tan aburrido como a él perder el tiempo con un ceporro como yo. Sin embargo, parece que en Cambridge te aprecian mucho —añadió, tras una pausa—. Sobre todo desde que quedaste el primero en matemáticas. Casi se me había olvidado. La noticia llegó en muy mal momento.

—Bueno, pues la verdad es que sí. En Cambridge siempre se sienten orgullosos del primero de la promoción. Pero mi reinado acabará el año que viene.

El señor Hamley se sentó y contempló las ascuas; aún tenía en la mano la pipa inservible. Por fin dijo en voz baja, como si apenas fuera consciente de que le escuchaban:

—Cuando tu madre iba a Londres, yo siempre le escribía, le contaba cómo iba todo por aquí. Pero ¡ahora ya no le llega ninguna carta! ¡Ya no puede oírnos!

Roger se puso en pie de un salto.

—¿Dónde está la caja de tabaco, padre? Deje que le llene otra pipa. —Cuando lo hubo hecho, se acercó a su padre y le acarició la mejilla. Este movió la cabeza.


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