Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No lo creas —dijo el señor Hamley, sacándose la pipa de la boca y golpeando la cazoleta con tanta fuerza contra la repisa de la chimenea que la rompió en pedazos—. ¡Te digo que no, Roger! Pero ¡qué más da! Cómo iba él a preocuparse por el dinero. Es fácil conseguir dinero de unos judíos, si eres el primogénito y el heredero. Lo único que te preguntan es: «¿Qué edad tiene su padre? ¿Ha sufrido algún ataque últimamente, alguna enfermedad?». Y todo queda arreglado, y luego merodean por tus fincas y se burlan de tu madera y de tus tierras. No me hables de él, Roger, es inútil. No nos entendemos, y me parece que sólo Dios Todopoderoso podría reconciliarnos. Es la idea de cómo afligió a su madre lo que ha creado en mí este rencor. Y, sin embargo, tiene tantas cosas buenas… Es tan despierto, tan inteligente… Sólo con que encontrara algo a que dedicar su inteligencia… Tú siempre fuiste más lento, Roger, todos los profesores lo decían.

Roger se rio.

—Sí, en la escuela me pusieron un mote por lo lento que era —dijo.




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