Hijas y esposas

Hijas y esposas

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La elección de esta canción fue realmente desacertada, pero la señora Gibson no podía saberlo. Osborne y Roger sabían que la mujer del primero era francesa, y, conscientes cada uno de que el otro lo sabía, se pusieron doblemente incómodos, mientras que Molly se sintió tan confusa como si ella misma estuviera casada en secreto. Cynthia entonó la cancioncilla picante, y su madre sonrió, ignorando por completo el efecto que pudiera tener. Osborne, instintivamente, se había colocado detrás de Cynthia cuando ésta se sentó al piano, para poder pasarle las páginas de la partitura si ella lo necesitara. Tenía las manos en los bolsillos y los ojos pendientes de los dedos de ella; el semblante muy serio ante las alegres ocurrencias que la muchacha cantaba con aire burlesco. Roger estaba tan serio como su hermano, aunque no tan tenso; de hecho, incluso le divertía un poco la situación. Veía la mirada inquieta de Molly, los colores de su cara, y notaba que se estaba tomando ese contratiempo mucho más a pecho de lo necesario. Se acercó a ella y le susurró:

—Creo que la advertencia llega demasiado tarde, ¿no te parece?

Molly le miró, y le replicó en el mismo tono:

—Lo siento mucho.

—No tienes por qué. Se le pasará enseguida y, cuando un hombre no va con la verdad por delante, ha de atenerse a las consecuencias.


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