Hijas y esposas
Hijas y esposas La señora Gibson interrumpió aquella situación que Molly pensaba iba ya a durar para siempre. Hasta ese momento había estado tejiendo un punto muy complicado, y había tenido que contar mucho; por lo que no había tenido tiempo de atender a sus deberes, uno de los cuales consistía en demostrarle al mundo que era una madrastra imparcial. Cynthia había acabado la canción, y ahora debía darle a Molly la oportunidad de exhibirse. La canción de Cynthia había sido ligera y llena de gracia, pero simplemente correcta; sólo que ella era tan deliciosa que había que ser un fanático de la música para reparar en los falsos acordes y en las notas omitidas. Molly, por el contrario, poseía un oído excelente, a pesar de no haber tenido ningún buen profesor; y ya fuera por predisposición o por su actitud perseverante, era capaz de ensayar una pieza más de veinte veces. Pero le daba mucha vergüenza tocar en público y, cuando la obligaban, solía hacerlo con torpeza, y acababa odiándose por ello.
—Es tu turno, Molly —dijo la señora Gibson—. Tócanos esa hermosa pieza de Kalkbrenner, querida.
Molly dirigió una mirada de súplica a su madre; pero sólo consiguió que volviera a pedírselo, ahora con un tono más exigente.
—Vamos, querida. Puede que no toques del todo bien, y sé que estás nerviosa, pero estamos entre amigos.