Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Hubo un cambio de posiciones en el grupo que rodeaba al piano, y Molly se sentó ante el instrumento de tortura.

—Por favor, apártese —le dijo a Osborne, que estaba detrás de ella para pasarle la partitura—. Puedo hacerlo sola. Ah, y preferiría que hablaran.

Osborne no se movió de su sitio a pesar de la petición de Molly, y le dio su aprobación, pues la señora Gibson, agotada de tanto contar, se había quedado dormida en el cómodo sofá del rincón, cerca del fuego; y Roger, que al principio se había puesto a hablar un poco por atender a la petición de Molly, enseguida encontró tan agradable su tête-à-tête con Cynthia que la pianista se perdió varias veces mientras procuraba estar pendiente de ambos: a Cynthia, sentada con su costura, y a Roger, a su lado, concentrado en captar sus réplicas en voz baja.

—Bueno, pues ya está —dijo Molly, poniéndose en pie nada más terminar las dieciocho páginas de partitura—, y creo que no volveré a tocar nunca más.

Osborne rio con ganas. Cynthia empezó a participar en lo que se decía, y así la conversación abrazó a los cuatro. La señora Gibson se despertó muy airosa, y se incorporó a la cháchara con tanta facilidad que casi consiguió convencerles que no se había quedado dormida en ningún momento.


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