Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Hay que ver, Molly —dijo Cynthia, dándose la vuelta con una exclamación en la punta de la lengua; pero, cuando vio la inocente y triste expresión de su hermana, instintivamente se calló lo que iba a decir, y, riendo ante su propia imagen en el espejo, dijo—: Las chicas francesas te dirían que, para ser guapa, lo principal es creer que lo eres.

Molly se lo pensó unos instantes antes de responder:

—Supongo que eso significa que, si sabes que eres guapa, no te tienes que preocupar. Sabes que gustarás a todos, y por eso…

—¡Escúchame, Molly! Acaban de dar las ocho. No te calientes la cabeza interpretando lo que quieren decir las chicas francesas y ayúdame con mi vestido, haz el favor.

Ya vestidas, las dos chicas esperaron en la habitación de Cynthia, junto a la lumbre, la llegada del carruaje. En ese momento María (la sucesora de Betty) entró corriendo en la habitación. María había estado oficiando de doncella de la señora Gibson, y, cada cierto tiempo, con la excusa de ayudar a las señoritas, subía a la habitación de arriba para ver sus vestidos, y la visión de tan hermosas galas la había sumido en un estado de excitación tal que no pensaba en otra cosa sino en subir por enésima vez. Ahora llevaba en la mano un ramillete aún más hermoso que los anteriores.


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