Hijas y esposas
Hijas y esposas —Mire, señorita Kirkpatrick. No, no es para usted, señorita —dijo cuando Molly se acercó a la puerta, ofreciéndose para cogerlo y entregárselo a Cynthia—. Este es para usted, señorita Kirkpatrick. Y lleva una nota.
Cynthia no dijo nada, pero cogió la nota y las flores. Sostuvo la nota para que Molly también pudiera leerla.
Le envÃo estas flores; y le pido que me conceda el primer baile después de las nueve, pues no podré llegar antes.
R. P.
—¿Quién es? —preguntó Molly.
Vio a Cynthia en extremo irritada, indignada, perpleja. ¿Por qué estaba tan pálida? ¿Por qué le llameaban los ojos?
—Es del señor Preston —dijo Cynthia—. No pienso bailar con él, y ahà van sus flores.
Y fueron a parar en medio de las ascuas, que enseguida se avivaron, devorando los hermosos pétalos como si desearan aniquilarlos lo antes posible. Cynthia ni siquiera levantó la voz, que era tan dulce como siempre; y sus movimientos tampoco fueron bruscos ni violentos.
—Oh —dijo Molly—, unas flores tan bonitas. PodrÃamos haberlas puestas en agua.