Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No —dijo Cynthia—, más vale destruirlas. No las queremos; y no soporto tener nada que me recuerde a ese hombre.

—La nota tenía un tono de familiaridad muy impertinente —dijo Molly—. ¿Qué derecho tenía a expresarse de ese modo? Sin saludo, ni despedida, y firmada sólo con las iniciales. ¿Le conocías bien cuando vivías en Ashcombe?

—Oh, no pensemos más en él —contestó Cynthia—. La sola idea de que asista al baile ya es suficiente para aguarme la fiesta. Pero espero tener todos los bailes ocupados para cuando llegue, y así no podré bailar con él. ¡Y tú tampoco!

—¡Mira! Nos llaman —exclamó Molly, y con paso rápido, sin pensar en el vestido que llevaba, bajó las escaleras hasta donde el señor y la señora Gibson la esperaban. Sí: el señor Gibson también iba al baile; aun cuando luego tuviera que dejarles para atender a sus deberes profesionales. Y, repentinamente, a Molly su padre le pareció un hombre apuesto, impecablemente vestido. Y la señora Gibson… ¡qué guapa estaba también! En suma, que aquella noche, en el baile de Hollingford, no entró grupo comparable en belleza y apostura a aquellas cuatro personas.


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