Hijas y esposas
Hijas y esposas HOY en día, los bailes públicos no suelen estar muy frecuentados, si dejamos aparte a los bailarines y a sus acompañantes, o a los parientes que se preocupan por ellos. Pero en aquellos días, cuando Molly y Cynthia eran jóvenes (antes de que se pusieran trenes especiales en vacaciones o en fechas señaladas, y las consecuencias que ello ha traído: que ahora todo el mundo va a Londres a ver las alegres multitudes y sus elegantes vestidos), asistir a un baile benéfico, aunque uno hiciera ya muchos años que no bailara, y no tuviera la responsabilidad de hacer de acompañante, constituía la distracción favorita de todas las buenas señoras que habitaban las poblaciones rurales de Inglaterra. Éstas desempolvaban sus viejos encajes y sus mejores vestidos; veían a los hombres más destacados de la aristocracia rural; chismorreaban con sus coetáneos, y especulaban sobre los amoríos de los jóvenes que les rodeaban con un ánimo curioso y amigable. Las hermanas Browning se habrían visto tristemente defraudadas si algo les hubiera impedido asistir al acontecimiento del año, y la señorita Browning se habría sentido indignada, y la señorita Phoebe ofendida, de no haber sido invitadas por sus amigos de Ashcombe y Coreham, quienes, igual que ellas, hacía ya más de veinticinco años que habían dejado de ser parejas de baile, pero que, de todos modos, disfrutaban frecuentando los lugares donde tanto se habían divertido antaño, y viendo bailar a las jóvenes generaciones. Habían acudido en una de las dos sillas de manos que aún se utilizaban en Hollingford, que en esa noche reportaba sus buenos beneficios a los dos ancianos que trotaban de un lado a otro transportando su carga de señoras ataviadas con sus mejores galas. Habían también sillas de posta, y coches de punto, pero, tras larga deliberación, la señorita Browning decidió observar la costumbre más confortable de la silla de manos, «la cual —como le dijo a la señorita Piper, una de sus invitadas— entra en el vestíbulo, se llena de aire cálido, y te lleva sin que te enfríes a otra habitación caldeada sin tener que subir y bajar escalones». Naturalmente, sólo podían llevar a una cada vez, pero de nuevo fue la señorita Browning quien lo dispuso todo a la perfección, tal como comprobó la señorita Homblower, la otra invitada. Ella fue la primera, y permaneció en el cálido vestidor hasta que la siguió su anfitriona; y así fue como las dos damas entraron del brazo en la sala de baile, encontrando unos buenos asientos desde los que observar la llegada de los demás y hablar con las amistades que pasaban junto a ellas, hasta que entraron la señorita Phoebe y la señorita Piper, y se aposentaron en los asientos que les había guardado la señorita Browning. Estas dos damas de menos edad también entraron del brazo, pero con un tímido nerviosismo en su aspecto y movimientos, muy distintos de la severa dignidad de quienes las habían precedido, unos dos o tres años mayores. Cuando las cuatro estuvieron por fin juntas, tomaron aliento y empezaron a conversar.