Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Tengo que decir que esta sala es mucho mejor que la que tenemos en el tribunal de Ashcombe.

—Y qué hermosa decoración —dijo la señorita Piper—. Qué bien hechas están las rosas. Tienen ustedes muy buen gusto en Hollingford.

—Ahí está la señora Dempster —exclamó la señorita Homblower—. Me dijo que el señor Sheepshanks las había imitado, a ella y a sus hijas, a quedarse en su casa. El señor Preston también tenía que estar aquí, pero supongo que algo le ha retrasado. ¡Mire! Y ahí está el joven Roscoe, nuestro nuevo médico. Da la impresión de que todo Ashcombe está aquí. ¡Señor Roscoe! ¡Señor Roscoe! Venga aquí y deje que le presente a las señoritas Browning, las amigas que nos alojan en su casa. Le tenemos un gran aprecio a nuestro joven médico, se lo aseguro, señorita Browning.

El señor Roscoe hizo una reverencia, y esbozó una sonrisa afectada al oír sus alabanzas. Pero la señorita Browning no tenía la menor intención de elogiar a ese médico, pues creía que, en cierto modo, podía hacerle la competencia al señor Gibson, por lo que le dijo a la señora Homblower:


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