Hijas y esposas

Hijas y esposas

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El señor Gibson asintió con la cabeza, satisfecho con el cumplido de aquel hombre, fuera lord o no. Es muy probable que, si Molly hubiera sido una interlocutora estúpida, lord Hollingford no hubiese descubierto su belleza, y también podríamos decir lo contrario: de no haber sido ella joven y guapa, él no se habría esforzado en hablar de temas científicos de un modo que le resultara comprensible. Fuera como fuera, Molly se había ganado su beneplácito y su admiración, y eso no admitía duda alguna. Y cuando ella volvió a su lugar, la señora Gibson la saludó con amables palabras y una agradable sonrisa, pues no requiere un gran poder de razonamiento darse cuenta de que, si muy elegante resulta ser la suegra de un magnífico «bajá de tres colas»[47], también presupone que la esposa que relaciona a las dos familias ha de estar en buenas relaciones con su madre. Hasta tal punto los pensamientos de la señora Gibson se adentraban en el futuro. Lo único que le preocupaba era que esa feliz circunstancia no hubiera recaído en Cynthia. Pero Molly era una criatura dócil y amable, muy guapa, y enormemente inteligente, como había dicho milord. Qué lástima que Cynthia prefiriera la sombrerería a la lectura; pero quizá eso podía rectificarse. Y ahí estaba lord Cumnor acercándose a hablar con ella, y lady Cumnor haciéndole señas de que fuera a sentarse a su lado.



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