Hijas y esposas
Hijas y esposas En conjunto, aquel baile no fue del todo penoso para la señora Gibson, aunque pagó el castigo por no haberse ido a dormir a su hora habitual. A la mañana siguiente se despertó irritable y fatigada; y esa misma sensación era extensible a Cynthia y a Molly. La primera estaba repantigada en el banco que había junto a la ventana, con un periódico de tres días antes en la mano, que fingía leer. Su madre la sobresaltó con estas palabras:
—¡Cynthia! Más te valdría coger un libro e instruirte un poco. Estoy segura de que tu conversación seguirá siendo de lo más sosa a menos que leas algo más instructivo que el periódico. Ahí tienes ese libro francés que leía Molly: Le régne animal, creo.
—La verdad es que no lo he leído —dijo Molly; sonrojándose—. El señor Roger Hamley a veces me leía algún trozo en la época que pasé en su casa, y me decía de qué trataba.
—¡Muy bien! Entonces supongo que me he equivocado. De todos modos, Cynthia, eso no quita que te convendría leer algún libro instructivo, un poco cada mañana.