Hijas y esposas

Hijas y esposas

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El día de la visita de lord Hollingford, por la tarde, Roger iba subiendo las escaleras de tres en tres cuando, en el rellano, se encontró con su padre. No le había vuelto a ver desde la conversación sobre la invitación de las Towers. El señor Hamley impidió el paso de su hijo colocándose en mitad del rellano.

—¿Vas a conocer a ese monsieur, muchacho? —Medio lo afirmó y medio lo preguntó.

—No, señor. Inmediatamente le entregué una nota a James declinando la imitación. No me importa… es decir, no le doy más importancia.

—¿Por qué me censuras de ese modo, Roger? —dijo su padre, de mal humor—. Últimamente enseguida me censuráis. Creo que a un hombre agotado y triste como yo se le debería permitir enfadarse un poco.

—Pero, padre, nunca iría a una casa donde le han desairado.

—Tonterías, muchacho —dijo el terrateniente, animándose un poco—. Soy yo quien les ha desairado a ellos. Me imitaron a cenar repetidamente después de que milord fuera nombrado gobernador, pero jamás acepté. Yo creo que eso es desairarlos.

Y nada más se dijo en esa ocasión; pero al otro día volvió a parar a Roger.

—He hecho que Jem se pruebe esa librea que no había llevado en los últimos tres o cuatro años. Ahora le está pequeña.


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