Hijas y esposas

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A Osborne todo aquel asunto le divertía, y le habría gustado sondear un poco más los motivos de Cynthia. No oyó que Molly decía, en voz baja, como hablando sola: «Llevé el mío tal como lo enviaron», pues la señora Gibson cambió totalmente de tema.

—Y, hablando de los lirios del valle, ¿es cierto que crecen silvestres en Hurst Wood? Aún es pronto para que florezcan, pero cuando lo hagan nos daremos un garbeo por allí… y nos llevaremos el almuerzo: haremos un picnic, eso es. ¿Nos acompañará, verdad? —añadió volviéndose a Osborne—. ¡Me parece un plan delicioso! Usted podría venir a caballo hasta Hollingford, y de aquí saldríamos andando; pasaríamos todo el día en el bosque y luego volveríamos a cenar a casa: ¡una cena con un cesto de lirios como centro de mesa!

—Me encantaría —dijo Osborne—, pero es posible que esté fuera. Probablemente por entonces Roger ya habrá vuelto… dentro de un mes, más o menos. —Pensaba ir a Londres a vender sus poemas, y después pasarse por Winchester, para esa visita que tanto anhelaba: había decidido que a finales de mayo se escaparía unos días de casa, y así se lo había escrito a su mujer.

—Pero ¡usted ha de venir con nosotros! Esperaremos el regreso del señor Osborne Hamley, ¿no es cierto, Cynthia?

—Me temo que los lirios no esperarán —replicó Cynthia.


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