Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—El ramo del señor Preston era una de esas cosas formales que cualquiera puede comprar en una floristería, algo que siempre me ha parecido falto de sentimiento. Prefiero unos cuantos lirios del valle cogidos para mí por una persona que aprecio que el pomo más caro.

—El señor Preston no tenía derecho a manifestar que se les había adelantado —dijo Cynthia—. Su ramo llegó cuando estábamos a punto de salir, y lo eché directamente al fuego.

—¡Cynthia, querida! —dijo la señora Gibson (que ignoraba que ese había sido el destino de las flores)—. Menudo concepto va a tener de ti el señor Osborne Hamley; aunque claro, yo te entiendo. Has heredado mis sentimientos… mis prejuicios, admito, contra las flores compradas.

Cynthia calló unos instantes; luego dijo:

—Utilicé algunas flores de su ramo, señor Hamley, para adornar el pelo de Molly. Fue una gran tentación, pues el color le iba que ni pintado a sus adornos de coral; pero creo que a ella le pareció una traición deshacerlo, aunque debo reconocer que la culpa fue sólo mía.

—El ramo lo había hecho mi hermano, como ya le dije; pero no dudo que habría preferido ver las flores en el pelo de la señorita Gibson que en el fuego. El señor Preston es quien se ha llevado la peor parte.


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