Hijas y esposas
Hijas y esposas La señorita Eyre escuchó en silencio, perpleja pero decidida a seguir las órdenes del médico, cuya amabilidad ella y su familia conocían bien. Preparó un té fuerte; ayudó a los jóvenes como mejor pudo en ausencia del señor Gibson, y también en su presencia, y encontró la manera de desatarles la lengua siempre que su amo estaba fuera, hablándoles de cosas triviales con su estilo agradable y sencillo. Enseñó a Molly a leer y a escribir, y honradamente intentó apartarla de cualquier otra rama de la educación. Y sólo tras una enconada lucha logró Molly convencer a su padre de que le dejara tomar lecciones de francés y dibujo. A él no le abandonaba el temor de que llegara a ser una chica demasiado cultivada, aunque no tenía de qué alarmarse; los maestros que visitaban poblaciones tan pequeñas como Hollingford hacía cuarenta años que no eran los más destacados en su oficio. Una vez a la semana Molly iba a clase de baile al salón de actos de la principal posada de la ciudad: el George; y, como su padre desanimaba todos sus esfuerzos intelectuales, acabó leyendo todos los libros que caían en sus manos con el placer de estar haciendo algo prohibido. A causa de su posición en la vida, el señor Gibson tenía una buena biblioteca, y aunque la parte médica era inaccesible a Molly por estar en el consultorio, había leído (o intentado leer) todos los demás libros. Su lugar veraniego de estudio era el asiento que había en el cerezo, donde se manchaba de verde el vestido, manchas cuya desaparición, según ya hemos mencionado, ocupaba gran parte del tiempo de Betty. A pesar de ese «gusano oculto en la flor en capullo»[10], Betty era a todas luces fuerte, despierta y enérgica. Era la única de la casa que le hacía la Pascua a la señorita Eyre, la cual, por lo demás, estaba felicísima de haber encontrado un empleo tan bien remunerado cuando más lo necesitaba. Pero Betty, aunque en teoría estuvo de acuerdo con su amo cuando éste le comunicó la necesidad de contratar a una institutriz para su hijita, se opuso rotundamente a cualquier división de autoridad e influencia sobre la niña que había sido su responsabilidad, su tormento y su satisfacción desde la muerte de la señora Gibson. Censuró desde el principio todo cuanto decía y hacía la señorita Eyre, y ni por un momento condescendió a ocultar lo mal que le parecía. En el fondo, no podía dejar de sentir respeto por la paciencia y las molestias que se tomaba la buena dama, pues la señorita Eyre era una «dama» en el mejor sentido de la palabra, aunque en Hollingford no fuera más que la hija de un tendero. No obstante, Betty zumbaba alrededor de ella con la molesta pertinacia de un mosquito, siempre dispuesta a encontrar defectos, si no a picar. La única defensa de la señorita Eyre venía de donde menos era de esperar, de su alumna, en cuyo supuesto bienestar, como si fuera un personaje oprimido, Betty siempre basaba sus ataques. Pero desde muy pronto Molly comprendió la injusticia de esos ataques, y no tardó en respetar a la señorita Eyre por la callada paciencia con que soportaba unas acometidas que le causaban más dolor de lo que Betty imaginaba. El señor Gibson había sido amigo de la familia de la señorita Eyre en momentos de necesidad, por lo que ésta reprimía sus quejas antes de permitirse molestarle. Y cierto es que obtuvo su recompensa. Betty le ofrecía a Molly toda clase de pequeños sobornos para que desatendiera los deseos de la señorita Eyre, a lo que la muchacha se oponía firmemente, haciendo con diligencia sus deberes de costura o las sumas más complicadas. Betty hacía chistes desagradables a expensas de la señorita Eyre. Molly levantaba la mirada con la mayor gravedad, como si acabara de oír unas palabras ininteligibles que requerían explicación; y nada molesta tanto el humor de un bromista como que le pidan que traduzca sus chanzas al idioma llano de cada día, y que le pregunten que dónde está la gracia. De vez en cuando Betty perdía totalmente los papeles y le hablaba a la señorita Eyre con abierta impertinencia; pero, cuando esto ocurría en presencia de Molly, la niña defendía con tan violento ardor a su institutriz, callada y temblorosa, que hasta Betty quedaba desarbolada, aun cuando fingiera tomarse a broma su furia e intentara convencer a la señorita Eyre de que le estaba siguiendo la broma.