Hijas y esposas
Hijas y esposas —¡Bendita sea esta niña! —decÃa Betty—. Cualquiera dirÃa que yo soy una gata hambrienta y ella un gorrioncillo, con las alas temblorosas, y los ojos flameantes, y el pico amenazante sólo porque he pasado junto al nido por causalidad. ¡Bueno, niña! Si prefieres ahogarte en una inhóspita aula, aprendiendo cosas que ningún bien van a hacerte, en lugar de montar en el carro de Job Donkin, es asunto tuyo, no mÃo. Es una fiera esta niña, ¿no cree? —Y sonreÃa a la señorita Eyre al acabar su alocución. Pero la pobre institutriz no le veÃa la gracia, y no entendÃa la comparación entre Molly y un gorrioncillo. Era una mujer sensible y concienzuda, y conocÃa, por la experiencia de su propio hogar, los males que causa un temperamento ingobernable. De modo que empezó a reprender a Molly por ceder a sus pasiones, y la niña consideraba injusto que la culparan por lo que juzgaba una justa cólera contra Betty. Pero, después de todo, no eran sino las pequeñas injusticias de una infancia de lo más feliz.