Hijas y esposas
Hijas y esposas NO hay que creer que el encuentro que el señor Preston acababa de tener con Roger Hamley mejorara la estima en que se tenían los dos hombres. Anteriormente, apenas habían intercambiado alguna palabra, y rara vez se habían visto; pero también es cierto que, hasta entonces, el administrador había residido en Ashcombe, a unos veintisiete kilómetros de Hamley. Era unos años mayor que Roger; pero, en la época en que habitó en el condado, habían coincidido en la escuela y en la universidad. El señor Preston tenía varias razones muy poco razonables para que le desagradaran los Hamley. Cynthia y Molly se habían referido a los dos hermanos con una familiaridad que delataba una considerable intimidad en el trato; la noche del baile, habían preferido las flores de Roger y Osborne a las suyas; casi todo el mundo hablaba bien de ellos; y el señor Preston sentía unos celos y una animadversión instintivos contra todos los jóvenes que eran populares. La «posición» de éstos —por pobres que fueran los Hamley— era, en el condado, muy superior a la suya; y, además, él era administrador del gran lord liberal, cuyos intereses políticos eran diametralmente opuestos a los de los Hamley. No es que a lord Cumnor le preocupara mucho la política. Su familia había obtenido las tierras y el título de los liberales en la época en que los Hanover llegaron al trono; y así, por tradición, él era liberal, y en su juventud había pertenecido a clubs liberales, donde había perdido considerables sumas de dinero en las mesas de juego, a manos de otros liberales. Y si lord Hollingford no hubiera sido elegido en el condado en representación de los liberales —como padre antes que él, hasta que le sucedió en el título—, es muy probable que lord Cumnor hubiera juzgado que la constitución británica estaba en peligro, y que el patriotismo de sus ancestros había sido ingratamente olvidado. Pero, dejando aparte la época de elecciones, no le parecía que existiera un gran abismo entre conservadores y liberales. Había vivido mucho tiempo en Londres, y era demasiado sociable para no mostrarse hospitalario con todo aquel que le diera las gracias, ya fuera liberal, conservador o radical. Sin embargo, en el condado del que era gobernador, la antigua distinción partidista no era sino una convención que servía para juzgar las virtudes sociales de los hombres, y también a la hora de votar. Si, por casualidad, un liberal se encontraba en una cena conservadora —o viceversa—, la comida se consideraba indigesta, y el vino y las viandas eran más criticados que disfrutados. Las bodas entre jóvenes pertenecientes a partidos distintos eran una alianza tan inaudita y prohibida como la de Romeo y Julieta. Y, naturalmente, el señor Preston no era un hombre en cuyo pecho tales prejuicios se marchitaran. Le servían de estímulo, pues espoleaban su talento para la intriga como aliado de uno de los partidos en liza. Además, le parecía muestra de lealtad a su señor «dispersar a sus enemigos» —como rezaba la letra del himno nacional— con todos los medios a su alcance. Siempre había odiado y despreciado a los conservadores en general, y, después de aquella entrevista en las tierras comunales delante de la casita de Silas, odiaba a los Hamley y a Roger en concreto, con un odio especial y selectivo. «Ese pedante», como llamaría a Roger a partir de ese día, «pagará por lo que ha hecho», se decía a manera de consuelo, una vez que padre e hijo se hubieron marchado, «¡Menudo patán!», había pensado mientras Roger se alejaba. «El viejo tiene el doble de agallas que él», añadió viendo cómo el terrateniente tiraba de las riendas para recuperarlas. «Esa vieja yegua andaría mejor sin que nadie la llevara, mi buen amigo. Te crees que no sé por qué huyes. Te da miedo que tu padre dé media vuelta y le dé otra rabieta. ¡Posición, hay que ver! Un hidalgo mendigo, un hombre que despidió a sus braceros justo antes del invierno, para que se pudrieran o se murieran de hambre, qué más le da. No es más que un viejo asno conservador». Y, encubriéndole de solidaridad con los braceros despedidos, el señor Preston dio rienda suelta a su resentimiento con gran satisfacción.