Hijas y esposas

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El señor Preston tenía muchos motivos de alegría: podría haber olvidado esa derrota, pues así decidió considerar el incidente, acordándose de cómo habían aumentado sus ingresos, y de la popularidad de que disfrutaba en Hollingford. Todo el pueblo quería rendirle pleitesía al nuevo administrador del conde. El señor Sheepshanks había sido un viejo solterón brusco y desabrido, cliente habitual de la posada en días de mercado, dispuesto a invitar a cenar a tres o cuatro amigos íntimos, quienes, a su vez, le invitaban a cenar de tanto en tanto, y con los que también rivalizaba amigablemente en materia de vinos. Sin embargo, «no apreciaba la compañía de las mujeres», tal como definía la señorita Browning, de manera elegante, su reticencia a aceptar invitaciones de las damas de Hollingford. Tenía el poco gusto de referirse a las responsables de tales invitaciones, ante los amigos íntimos antes mencionados, llamándolas «esas cargantes ancianas», aunque, naturalmente, ellas jamás oyeron estas palabras. De vez en cuando intercambiaba con las señoritas Browning, la señora Goodenough, o alguna otra dama, unas breves notitas, sin sobre (el invento era desconocido en la época), pero cerradas en las esquinas al doblarlas, en lugar de pegadas, tal como es costumbre hoy en día. En el caso de las señoritas Browning, la fórmula de sus notas era: «La señorita Browning y su hermana, la señorita Phoebe, presentan sus respetos al señor Sheepshanks, y tienen el placer de informarle de que unos pocos amigos han consentido amablemente en honrarlas con su presencia el jueves próximo a la hora del té. La señorita Borwning y la señorita Phoebe tendrían a bien que el señor Sheepshanks las acompañara en esa pequeña reunión».


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