Hijas y esposas

Hijas y esposas

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ROGER había considerado muchos planes para obtener el dinero con que llevar a cabo el propósito que tenía en mente. Su precavido abuelo materno, que había sido comerciante en la ciudad, había inmovilizado los pocos miles de libras que le legó a su hija, de manera que, en caso de que ella muriera antes que su marido, este último pudiera disfrutar de los intereses a partir de ese momento; sin embargo, en caso de que murieran ambos, el hijo segundo no heredaría el capital hasta que no tuviera veinticinco años; y, si moría antes de esa edad, entonces el dinero iría a parar a uno de los primos por parte materna. En suma, el viejo comerciante se había tomado tantas molestias con su dinero que parecía que lo tuviera por decenas, en lugar de unidades, de millar. Naturalmente, Roger podría haber sorteado tales inconvenientes haciéndose un seguro de vida hasta esa edad; y probablemente eso le habría sugerido cualquier abogado, si lo hubiera consultado. Sin embargo, le desagradaba la idea de que los demás se enteraran de que su padre andaba escaso de liquidez. Consiguió una copia del testamento de su abuelo en el Colegio de Abogados, e imaginó que todas las contingencias que pudieran producirse quedarían patentes a la luz de la naturaleza y del sentido común, iba un tanto equivocado en esto, aunque no mermara su decisión de conseguir algún dinero con el que cumplir la promesa hecha a su padre: su idea era que éste tuviera alguna ocupación práctica que le distrajera de las preocupaciones y pesares que casi le estaban nublando el entendimiento. Era «Roger Hamley, primero de su promoción en los exámenes de matemáticas y fellow del Trinity, al mejor postor que le dé un buen uso», aunque ese «al mejor postor» acabó convirtiéndose en «a cualquier postor».


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