Hijas y esposas

Hijas y esposas

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El señor Hall, el predecesor del señor Gibson, siempre había sido recibido con amistosa condescendencia por milady, que le conoció siendo ya el médico de la familia cuando llegó a las Towers tras su matrimonio; pero jamás se le ocurrió interferir en la costumbre del doctor de tomar una colación, cuando necesitaba reponer fuerzas, en la habitación del ama de llaves, aunque no con el ama de llaves, bien entendu. Aquel médico de trato fácil, inteligente, corpulento y coloradote lo habría preferido así, con mucho, aun cuando se le hubiera concedido la oportunidad (cosa que nunca ocurrió) de tomar su «tentempié», como él lo llamaba, con milord y milady, en el majestuoso comedor. Naturalmente, si se hacía venir de Londres a alguna gran eminencia de la medicina (como sir Astley) para que cuidara de la salud de la familia, era de rigor invitar a cenar al señor Hall, así como a su ayudante, de una manera formal y ceremoniosa; en tales ocasiones, el señor Hall sepultaba su barbilla en voluminosos pliegues de muselina blanca, se ponía sus calzones negros hasta las rodillas, con hileras de cintas a los lados, sus medias de seda y sus zapatos de hebilla; y, aunque dicho atavío le resultaba de lo más incómodo, partía con gran pompa del George en una silla de posta y se consolaba al pensar, en un íntimo rincón de su corazón, que todas las incomodidades que estaba pasando se verían compensadas cuando al día siguiente pudiera decirles a los propietarios a los que solía atender: «Ayer, durante la cena, el conde dijo», o «La condesa comentó que», o «Mientras ayer noche cenaba en las Towers, me sorprendió enterarme de que». Pero, de algún modo, las cosas habían cambiado desde que el señor Gibson se convirtiera en «el médico» par excellance de Hollingford. Las señoritas Browning creían que era porque componía una elegante figura y tenía «unos modales muy distinguidos», y la señora Goodenough «por su parentesco con la aristocracia» —«el hijo de un duque escocés, querida, sea ilegítimo o no»—; pero los hechos eran indiscutibles. Y, aunque a menudo el señor Gibson le pidiera a la señora Brown que le diera algo de comer en la habitación del ama de llaves —no tenía tiempo que perder en los cumplidos y ceremonias que acarreaba comer con milady—, siempre era bienvenido al círculo de los visitantes más ilustres de la casa. Podía comer con un duque siempre que así lo decidiera; siempre y cuando viniera algún duque a las Towers. Su acento era escocés, no provinciano. No tenía ni una onza de carne superflua en los huesos; y la delgadez siempre contribuye mucho a la distinción. Era de tez cetrina, y tenía el pelo negro; en aquella época, la década posterior a la gran guerra continental[11], ser de tez cetrina y pelo negro era ya un signo de distinción; no era una persona jovial (como señalaba milord con un suspiro, pero era la condesa quien remitía las invitaciones), y sí parca en palabras, inteligente y un tanto sarcástica. Era, por tanto, socialmente presentable.


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