Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—No, tontorrona; mi soledad necesita a alguien que me escuche, a quien pueda decirle: «Qué dulce es la soledad». Estoy harta de la responsabilidad de agasajar a los demás. Papá es tan generoso que les dice a todos los amigos con que se encuentra que vengan a vernos. Mamá está enferma, pero no quiere renunciar a su reputación de persona saludable, que siempre ha considerado la enfermedad una falta de dominio de sí misma, por lo que anda todo el día preocupada y agotada por culpa de todas esas personas que, con la boca abierta, esperan que les alimenten con diversiones, como si fueran una nidada de pajarillos; de modo que yo tengo que oficiar de mamá pájaro, y arrojar bocaditos de entretenimiento a sus picos amarillos, y ver cómo se los tragan antes de que se me ocurra algo más para hacerles pasar el rato. Oh, es «entretenido» en el sentido más amplio, más literal y más aburrido de la palabra. Esta mañana he tenido que contar algunas mentiras para poder conseguir un poco de tranquilidad y el consuelo de la queja.

Lady Harriet se reclinó en la silla y bostezó; la señora Gibson le cogió una de sus nobles manos en un gesto de comprensión y murmuró:

—¡Pobre lady Harriet! —con un ronroneo afectuoso.

Al cabo de unos minutos, lady Harriet se incorporó y dijo:


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