Hijas y esposas

Hijas y esposas

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—Cuando era pequeña te consideraba un árbitro de la moral. Dime, ¿está mal mentir?

—¡Oh querida! ¿Cómo puede hacerme esta pregunta? Claro que está mal. Muy mal, desde luego, puedo afirmar. Pero sé que bromeaba cuando me decía que había mentido.

—Claro que no bromeaba. Dije unas mentiras gordísimas. Dije: «Me veo obligada a ir a Hollingford porque tengo asuntos que tratar», cuando la verdad es que nada me obligaba, sólo el injustificable deseo de verme libre de mis invitados una o dos horas, y el único asunto que tenía era venir aquí, bostezar, y haraganear. La verdad es que no me hace muy feliz haber contado ese cuento.

—Pero, querida lady Harriet —dijo la señora Gibson, un poco atónita ante el exacto significado de las palabras que temblaban en su lengua—, estoy segura de que, cuando lo dijo, eso era lo que pensaba realmente.

—No, no lo era —intervino lady Harriet.

—Y, aunque no lo fuera, la culpa es de esa gente tan fastidiosa que la ha puesto en tal aprieto. Sí, sin duda es culpa de ellos, no suya. Y luego están las convenciones de la sociedad. ¡Ah, qué exigentes son a veces las convenciones!

Lady Harriet guardó silencio unos instantes; al cabo dijo:


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