Hijas y esposas
Hijas y esposas Como si fuera una especie de penitencia, se había dado una larga caminata hasta Holly Farm para encargar las ciruelas. Estaba furiosa por haberse visto obligada a irse de casa con una maniobra tan descarada como la de su madrastra. Naturalmente, no se encontró con Cynthia, así que anduvo sola por las hermosas veredas, flanqueadas por la hierba y por altos setos muy distintos de los que se llevan en la agricultura moderna. Al principio le incomodaba preguntarse hasta qué punto era correcto pasar por alto los pequeños vicios domésticos: los enredos, las distorsiones de la verdad que imperaban en la casa desde la segunda boda de su padre. Se daba cuenta de que a menudo tenía ganas de protestar, pero no lo hacía a fin de evitarle disgustos a su padre; y en el rostro de éste veía que él también, de vez en cuando, observaba algunas cosas que le apenaban, pues revelaban que la conducta de su esposa no era tan intachable como había esperado. Molly no sabía si ese silencio estaba bien o mal. Por culpa de su falta de tolerancia, de su desconocimiento de lo mucho que influyen a veces las circunstancias y la tentación, a menudo había estado a punto de cantarle a su madre algunas grandes verdades. Pero el ejemplo de su padre al guardar silencio, y alguna ocasional amabilidad por parte de la señora Gibson (pues, después de todo, era muy amable con Molly cuando estaba de buenas) le habían sujetado la lengua.