Hijas y esposas

Hijas y esposas

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Pero Molly no oyó sus últimas palabras. Había huido por la escalera y cerrado la puerta. Instintivamente se había llevado la hoja llena de zarzamoras. ¿Qué iban a importarle ahora a Cynthia las zarzamoras? Tenía la sensación de no entender nada; pero, de hecho, ¿qué podía entender? Nada. Durante unos minutos su cerebro pareció inmerso en un torbellino demasiado violento, y lo único que comprendió es que seguía el curso diurno de la tierra, en compañía de las rocas, y las piedras, y los árboles, y que poseía tan poca voluntad como si estuviese muerta. Entonces el cuarto se volvió sofocante, y Molly tuvo que acercarse a la ventana abierta, y asomarse jadeando, en busca de aire. Poco a poco fue cobrando conciencia de aquel sereno paisaje, y el zumbido de la confusión enmudeció. Allí, bañado por los rayos casi horizontales del sol de otoño, se extendía el paisaje que había querido desde niña; tan reposado, tan repleto del leve canturreo de la vida como, a esta misma hora, desde hacía generaciones. Las flores de otoño resplandecían en el jardín; un poco más allá, unas indolentes vacas pastaban en el prado, rumiando su bolo alimenticio en el verde renadío; en las casitas más lejanas acababan de encender el fuego de la tarde, en previsión de la llegada del marido, y emitían tenues volutas de humo azul; los niños, recién salidos de la escuela, gritaban alegres, y Molly… Justo en ese momento oyó ruidos más próximos: una puerta abierta, pasos en el tramo inferior de la escalera. Roger no podía haberse ido sin verla. Nunca, nunca habría hecho algo tan cruel: no podía haber olvidado a la pobre Molly, por feliz que se sintiera en ese momento. ¡No!


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