Hijas y esposas
Hijas y esposas Aunque habÃa personas que consideraban su enfermedad puramente imaginaria, y algunos hasta acusaron al señor Gibson de alimentar las aprensiones de la señora Hamley, él sabÃa que la dolencia era real, y respondÃa con una sonrisa a tales acusaciones. Notaba que sus visitas eran una alegrÃa para la mujer, y que aliviaban su creciente e indescriptible malestar; sabÃa que nada alegraba más al terrateniente Hamley que verle cada dÃa; y era consciente de que si vigilaba cuidadosamente los sÃntomas podÃa mitigar el dolor fÃsico de la mujer. Y, aparte de todas estas razones, le agradaba enormemente la compañÃa del terrateniente Hamley. El señor Gibson disfrutaba con aquel interlocutor tan poco razonable, tan pintoresco, de su fuerte conservadurismo en religión, polÃtica y moral. La señora Hamley a veces intentaba disculpar o suavizar algunas opiniones de su marido que imaginaba ofensivas para el doctor, o las contradicciones que juzgaba demasiado evidentes; pero en tales ocasiones el hidalgo depositaba su manaza en el hombro del señor Gibson, casi en una caricia, y mitigaba la ansiedad de su esposa diciendo: «Déjanos solos, mujer. Nosotros nos entendemos, ¿verdad, doctor? En fin, bendito sea, pues en nuestro toma y daca él es quien más da; sólo que me dora la pÃldora, me dice algo inteligente y finge ser cortés y humilde, pero me doy cuenta de que, en definitiva, me está dorando la pÃldora».