Hijas y esposas

Hijas y esposas

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La señora Hamley era una gran lectora, y tenía un considerable gusto literario. Era amable y sentimental, cariñosa y buena. Renunció a sus visitas a Londres; renunció a alternar con las personas de su misma educación y posición. A su marido, por sus deficiencias educativas, le desagradaba tratar con aquellos a quienes debería haber considerado sus iguales, y prefería la compañía de los inferiores. Amaba aún más a su esposa por los muchos sacrificios que hacía por él; pero ésta, privada de sus aficiones preferidas, acabó enfermando; nada concreto, sólo que ya nunca estuvo bien. Quizá le habría sentado bien tener una hija; pero sus dos vástagos eran varones, y el padre, deseoso de que disfrutaran de las ventajas de que él careció, envió muy pronto a los muchachos a un internado. Luego irían a Rugby, y después a Cambridge; en la familia Hamley había una aversión hereditaria a Oxford. Osborne, el mayor —le llamaban así por el nombre de soltera de su madre—, tenía múltiples aficiones y algún talento. Había heredado la elegancia y el refinamiento de su madre. Era de buen carácter y afectuoso, casi tan efusivo como una chica. Sacaba buenas notas en la escuela y conseguía muchas distinciones; era, en una palabra, el orgullo y deleite de padre y madre; y también el confidente de ésta, a falta de nadie más. Roger era dos años más joven que Osborne; torpe y de complexión recia, como su padre, de cara cuadrada y expresión grave y bastante inmutable. Era bueno pero un poco lerdo, decían los maestros. No obtenía distinciones, pero siempre sacaba buena nota en conducta. Cuando acariciaba a su madre, ella, riendo, solía aludir a la fábula del perro faldero y el asno[14]; de modo que, posteriormente, Roger abandonó toda demostración de afecto. Todavía no estaba decidido si iría a la universidad cuando acabara sus estudios en Rugby. La señora Hamley consideraba que sería tirar el dinero, pues era muy poco probable que llegara a distinguirse en una actividad intelectual; mejor sería algo práctico: ingeniero civil, por ejemplo. Consideraba su madre que para él sería una tortura ir a la misma universidad que su hermano, el cual seguramente se distinguiría en sus estudios, y todo para suspender reiteradamente y acabar siendo el hazmerreír. Pero su padre perseveraba obstinadamente, pues se había empeñado en darles a ambos la misma educación; los dos deberían tener las ventajas de que él había carecido. Si a Roger no le iba bien en Cambridge sería culpa suya. Pero, si su padre no le mandaba allí, cualquier día podría lamentar esa omisión, igual que en otro tiempo el terrateniente Roger. Así que Roger, al igual que Osborne, fue al Trinity College, y la señora Hamley, tras el año de indecisión sobre el destino de Roger, volvió a quedarse sola. Durante muchos años no pudo ir más allá del jardín; pasó la mayor parte de su vida en un sofá; en verano la llevaban hasta la ventana en silla de ruedas, y en invierno hasta el hogar, la habitación que habitaba era grande y agradable; tenía cuatro altas ventanas que daban sobre un jardín salpicado de arriates que se fundía con un bosquecillo, en el centro del cual había un estanque con nenúfares. La señora Hamley había escrito muchos poemas de cuatro estrofas sobre ese estanque invisible sumido en sombras, pues siempre estaba en su sofá leyendo o escribiendo poesía. Tenía al lado una mesita con las últimas obras de poesía y narrativa; un lápiz y un cuaderno de hojas sueltas de papel; un jarrón con flores, siempre recogidas por su marido; un ramillete fragante y fresco cada día, en verano y en invierno. Su doncella le traía su frasco de medicina cada tres horas, con un vaso de agua clara y una galleta; su marido iba a verla siempre que su amor por el aire libre y sus labores fuera de casa se lo permitían; pero el acontecimiento del día, cuando los chicos estaban fuera, eran las frecuentes visitas profesionales del señor Gibson.


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