Hijas y esposas
Hijas y esposas Se había casado con una delicada dama londinense; era uno de esos desconcertantes matrimonios que tan difíciles resultan de comprender. Sin embargo, eran felices, aunque posiblemente la señora Hamley no hubiera acabado siendo una enferma crónica si su marido no se hubiese mostrado tan indiferente a sus diversas aficiones, o le hubiese permitido la compañía de aquellos que las compartían. Acostumbraba a decir que, después de su boda, había conocido todo lo que valía la pena conocer en ese apiñamiento de casas que llamaban Londres. Era un cumplido a su mujer que repitió hasta el año de la muerte de ésta; a ella al principio le encantaba, y siguió agradándole hasta la última vez que lo oyó; sólo que, a pesar de todo, a veces deseó que su marido reconociera que podía haber algo que mereciera la pena oír y ver en la gran ciudad. Pero él jamás volvió a Londres y, aunque nunca le prohibió a su mujer que fuera, mostraba tal desinterés por todo lo que ella le contaba al volver de sus visitas que acabó por dejar de ir. Y eso que él era amable y siempre estaba dispuesto a darle su consentimiento, y a proporcionarle todo el dinero que necesitara. «Ve, mujer, ve si quieres. Vístete tan elegante como la que más, y compra lo que quieras, a crédito de Hamley de Hamley; y ve a los parques y a los teatros, y que te vean con lo mejor de la sociedad. Sé que te echare de menos; pero pásatelo bien mientras estés allí». Pero luego, cuando volvía, la recibía con estas palabras: «Bueno, bueno, supongo que te lo has pasado bien, ¿no? Pues eso es lo importante. Me agota que me cuentes tantas cosas, y no entiendo cómo has podido aguantarlo. Salgamos y verás qué bonitas están las flores del jardín de mediodía. He hecho plantar semillas de tus plantas favoritas; y fui al vivero de Hollingford a comprar los esquejes de las plantas que tanto te gustaron el año pasado. Un poco de aire fresco me despejará la cabeza después de oír toda esta cháchara sobre el torbellino de Londres, que creo me ha mareado un poco».