Hijas y esposas

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El señor Ashton, tras estas palabras, observaba el semblante del señor Gibson con un gesto de lastimera interrogación, como si se preguntara si había sarcasmo en ellas. Por lo general, su relación era muy amistosa; aunque, más allá del sentimiento gregario común a casi todos los hombres, aquella relación les procuraba muy pocas satisfacciones. Quizá el hombre que el señor Gibson más apreciaba —al menos hasta que lord Hollingford se instaló en el pueblo— era un terrateniente llamado Hamley: el terrateniente. La tradición local decía que sus ancestros, por muy atrás que nos remontáramos, siempre habían sido propietarios. Había otros hacendados en el condado que poseían más tierras, pues la hacienda del señor Hamley no tenía mucho más de ochocientos acres. Pero su familia los poseía desde mucho antes de que se oyera hablar de los condes de Cumnor; antes de que los Hely-Harrison compraran Coldstone Park; nadie en Hollingford podía recordar una época en que los Hamley no hubieran vivido en Hamley. «Desde la Heptarquía[13]», decía el vicario. «Qué va —decía la señorita Browning— he oído decir que hubo Hamleys de Hamley ya antes de los romanos». El vicario estaba preparando un cortés asentimiento cuando la señora Goodenough pronunció una afirmación aún más asombrosa: «Siempre he oído decir —pronunció con la lenta autoridad que le confería ser una de los más ancianas del lugar— que hubo Hamleys de Hamley antes de la época de los paganos». El señor Ashton sólo pudo dar una cabezada y señalar: «Es posible, muy posible, señora». Pero lo dijo de una manera tan cortés que la señora Goodenough volvió la cabeza muy agradecida, como si dijera: «La iglesia confirma mis palabras, ¿quién entonces se atreverá a contradecirme?». En cualquier caso, los Hamley eran una familia muy antigua, si no aborígenes. Durante siglos no habían aumentado sus tierras; pero las habían conservado, a veces con esfuerzo, sin vender ni la más mínima parcela en los últimos cien años. No eran una estirpe aventurera. Jamás comerciaban, ni especulaban, ni emprendían reformas agrícolas de ningún tipo. No tenían ningún capital en el banco; ni lo que quizá hubiera sido más característico, calcetines llenos de monedas de oro. Su vida era sencilla, y se parecía más a la de un pequeño propietario que a la de un caballero. De hecho, el terrateniente Hamley, al continuar las primitivas maneras y costumbres de sus antepasados, los terratenientes del siglo XVIII, vivía más como un pequeño propietario, cuando dicha clase social existía, que como un hacendado de esta generación. Había cierta dignidad en su reservado conservadurismo que le granjeaba un inmenso respeto tanto de las clases altas como de las bajas; y podría haber visitado cualquier casa del condado de haber sido ése su deseo. Pero era por completo indiferente a los alicientes de la sociedad, lo que quizá se debía al hecho de que el terrateniente Roger Hamley, que en la actualidad vivía y reinaba en Hamley, no había recibido la buena educación que le correspondía. Su padre, el terrateniente Stephen Hamley, suspendió el examen de entrada en Oxford, y, con terco orgullo, se negó a volver intentarlo. ¡Nunca más!, exclamó, y juró solemnemente (en aquella época los hombres eran dados a los juramentos solemnes) que ninguno de sus futuros hijos pisaría jamás universidad alguna. Sólo tuvo un hijo, el actual terrateniente, y éste fue educado en el juramento de su padre; se le envió a una triste escuela de provincias, donde vio muchas cosas que no le gustaron, y luego se le confirió el control de la propiedad. Tal educación no hizo todo el daño que era de prever. El terrateniente Hamley era una persona de imperfecta educación, e ignorante en muchos aspectos, pero consciente de su deficiencia, y en teoría la lamentaba. No se sabía desenvolver en sociedad, de modo que la evitaba cuanto le era posible; y era una persona obstinada, colérica y dictatorial en su círculo más próximo. Pero, por otro lado, era generoso, y fiable como el acero; la personificación del honor, de hecho. Poseía una perspicacia natural tan grande que su conversación siempre era digna de oír, aunque también era propenso a iniciarla partiendo de premisas totalmente falsas, que él consideraba tan incontrovertibles como si hubiesen sido probadas matemáticamente; pero, siempre que las premisas fueran correctas, nadie podía aportar más agudeza y sensatez naturales a sus argumentos.


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