Hijas y esposas
Hijas y esposas EL día que el señor Gibson fue a ver al señor Hamley, las tres mujeres se quedaron por la noche solas en la sala, pues él tenía que hacer muchas visitas y aún no había vuelto. Habían tenido que esperarle para cenar, y después de que llegara a casa aún pasó un rato antes de que se tomara alguna medida conducente a la cena. Quizá el señor Gibson se sentía colmado con sus actividades de aquel día, pues la idea que tenía que hablar con el señor hidalgo había pesado en su ánimo desde que se enteró de cómo estaban las cosas entre Cynthia y Roger. Mucho le desagradaba tener que denunciar la existencia de una relación amorosa después de haber declarado que no existía: una confesión que desagrada a casi todos los hombres. Si el señor hidalgo no hubiera sido de carácter tan simple e inocente, podría haber sacado sus conclusiones de la aparente ocultación de los hechos, y dudar de la sinceridad del señor Gibson en ese asunto; pero, siendo como era, no había peligro de malentendidos. El doctor, sin embargo, sabía que tenía que lidiar con un temperamento fogoso e irreflexivo, y había esperado encontrarse con palabras más fuertes que las recibidas; juzgaba un gran éxito que Cynthia, su madre y Molly —la cual, se decía sonriendo ante ese pensamiento, haría de pacificadora y endulzaría la conversación— fueran a Hamley Hall para comer con el señor Hamley, y a nadie sino a él había que atribuir ese triunfo. En conjunto, se sentía más animado y de buen humor que en días anteriores; y cuando apareció en la salita para pasar unos minutos con su familia antes de salir a visitar a sus pacientes del pueblo, se puso a silbar un poco bajo la barba, mientras, de espaldas al fuego, miraba a Cynthia y se decía que no le había hecho justicia al describírsela al señor hidalgo. Y ese tenue silbar, casi sin melodía, era para el señor Gibson lo mismo que el ronroneo para un gato. No podía hacerlo si tenía alguna preocupación, o si estaba enfadado por la insensatez humana, o cuando tenía hambre. Molly lo sabía por instinto, y se sintió inconscientemente feliz en cuanto empezó a oír aquel suave silbar que nada tenía que ver con la música. Pero a la señora Gibson no le gustaba esa manía de su marido; no la consideraba refinada, ni siquiera «artística»; haber podido darle este elegante calificativo habría compensado la falta de refinamiento. Aquella noche resultaba especialmente irritante para sus nervios; pero, desde su conversación sobre el compromiso de Cynthia, no se había visto en condiciones de quejarse. El señor Gibson comenzó a decir: