Hijas y esposas

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Y así llegó el día señalado. El señor Gibson había sido informado del cambio de planes, y de que iban a ir, después de todo; pero estaba tan irritado por cómo su mujer había recibido una invitación que él había juzgado de lo más amable, teniendo en cuenta cómo era el hidalgo y los planes matrimoniales que tenía para sus hijos, que no manifestó ni interés ni curiosidad por la visita, ni por cómo habían sido recibidas. La indiferencia de Cynthia en relación a si la invitación era aceptada o no le había molestado. No estaba al corriente de las relaciones de ésta con su madre, y no comprendía que su indiferencia había sido fingida con el único fin de contravenir la afectación y falsos sentimientos de la señora Gibson. Sin embargo, a pesar de su enfado, el señor Gibson sentía, de hecho, mucha curiosidad por saber cómo había ido el encuentro, y aprovechó la primera oportunidad que tuvo de estar a solas con Molly para interrogarla acerca del almuerzo del día anterior en Hamley.

—Así que ayer fuisteis a Hamley, ¿verdad?

—Sí; pensé que vendrías. Me pareció que el señor Hamley te esperaba.

—Al principio pensé en ir; pero cambié de opinión, como hacen otros. No veo por qué las mujeres han de ser las únicas que pueden cambiar de opinión. Bueno, ¿cómo fue? Agradable, supongo, pues tu madre y Cynthia estaban de buen humor ayer por la noche.


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